“¿Me pones un disco?”

Moisés Franco en su estudio de radio.

Demasiado joven, con tan solo doce años, entré a colaborar en una emisora de radio de Almuñécar. Meses después me hice hueco como ayudante de DJ en una discoteca. Desde aquellos años 80 con cintas y discos de vinilo hasta la actualidad al frente de varios ordenadores tengo la suerte de trabajar haciendo algo fantástico: que la gente disfrute de la música.

Recuerdo la envidia de mis amigos al principio. Para ellos yo era tan afortunado como quien poseía una casa con piscina, un scalextric o un padre dueño de un quiosco de helados. “¡Qué suerte tiene Moisés! ¡Puede escuchar todas las canciones chulas cuando a él le dé la gana!”  Y es que, al contrario de lo que ocurre ahora, hace treinta años la juventud no lo tenía tan fácil para disfrutar de su música favorita. Lo más habitual era sintonizar una emisora y esperar a que sonara ese temazo que llevabas todo el día esperando. La radio era muy popular, como ahora Internet o la telefonía móvil.

 

¿LLAMABAS A LA RADIO?

‘Discos Dedicados’ se encontraba entre los programas de más éxito. La fórmula era fácil y la audiencia estaba garantizada. Los oyentes elegían las canciones y con ellas saludaban a sus amigos, a la familia, a sus amores reales y también a los que pretendían que lo fueran. Para hacerlo, la mayoría de ellos optaban por comunicarse con la radio usando el teléfono.

En la emisora había uno de esos de rueda, con un candado en el agujero del 1 que impedía girarla para marcar, por aquello de las llamadas particulares. Pero lo más curioso estaba en el parecido entre el número de la radio y el de un conocido asadero de pollos de Almuñécar. Solo se diferenciaban en que nosotros teníamos un 10 y ellos un 01. No sé si en ese negocio habrán atendido muchas llamadas  queriendo dedicar canciones. Lo que sí recuerdo es cuántos pollos me han encargado a mí mientras estaba en directo.

Y quienes no tenían teléfono en casa -o no querían llamar desde las cabinas de la calle-, recurrían a las cartas para hacernos llegar sus peticiones. “Hola, queridos amigos de la radio. Me gustaría que pusierais la canción… y se la quiero dedicar a…” Si la lista de gente no era muy larga, a continuación se solía escribir que el programa era muy bueno, que teníamos una voz muy bonita o que éramos muy guapos. La visita del cartero era cada día un chute de autoestima, como comprenderéis.

Otra opción era pasarse por el estudio de la radio y hacer allí mismo la petición. Recuerdo a los indecisos: “¿Qué tienes?”, “¿Me dejas mirar los discos…?”, “¡Éste! Te lo dejo aquí y me lo pones dentro de veinte minutos, cuando llegue a casa…”

 

¿TE ACERCABAS A LA CABINA?

Si no había suerte con la radio, siempre quedaba la esperanza de que tu canción favorita sonara el fin de semana en la discoteca. Aquí la comunicación era más directa, y a veces la charla con los clientes que se acercaban a la cabina marcaba el inicio de una buena amistad. Algunos de mis amigos lo son porque en una ocasión me pidieron discos y se los pude poner. Supongo que entre mis enemigos también habrá más de uno que me empezó a mirar mal cuando le dije “lo siento, eso no puede sonar ahora…”

 Y aquí entra la ‘psicología de la noche’, esa capacidad que han de tener los trabajadores de pubs y discotecas para capear situaciones derivadas de la ingesta de alcohol propia de los locales de marcha. Ya lo decía el gran Dinio: “La noche confunde”. Y es cierto. Copas, ambiente de fiesta y música a todo volumen transforman a hombres y mujeres de diversas maneras.

El DJ ha de estar a la altura, venga la gente como venga y te pidan lo que te pidan. Hay que portarse bien con el chico que quiere escuchar la canción preferida de esa chavala con la que busca algo más que amistad, echarle paciencia al subido de copas que no distingue la cabina de la barra y te insiste en que le sirvas un cubata, proponerle otra alternativa a quien se empeña en bailar Paquito el chocolatero’, ayudar a esa chica que suplica que te hagas pasar por su novio para espantar a un ligón, memorizar dónde has ido poniendo las chaquetas y bolsos que habías decidido no volver a guardarle más a nadie, ignorar -con mucha clase- a quienes te intentan vacilar contándote que son DJs en Madrid o locutores de Los 40 y no dejar de seguir siendo un profesional cuando alguna nena megaescotada te pregunta la hora a la que sales de trabajar. ¡Ah!, es muy importante también esconder el micrófono cuando veas acercarse una despedida de soltera.

Reconozco que me encanta pinchar cuando hay despedidas de soltera. Las chicas dan ambientillo a la sala y contribuyen bastante a la motivación del DJ. Bueno, hasta que comienzan a gritar lo de “¡oooeeee oooeeeee! ¡viva la noooooviaa! ¡qué guapa eeessss!” (que es justo lo que chillarían por el micro si no lo hubieras guardado). En cambio, las despedidas de soltero son otra cosa. Generalmente varios chicos dando saltos y empujándose entre ellos mientras te gritan “¡quita esa mariconada y pon más cañaa!”. En una ocasión, tras la escandalera, uno del grupo se me acercó y me dijo en voz baja: “¿Me pones ‘No soy un Superman’ de Bustamante?”

Entre los episodios más incómodos para un DJ está el protagonizado por quienes te entran con la frase “me la tienes que poner porque yo te pago el sueldo”. Hace pocos años tuve que reaccionar rápido para poner fin a una discusión que ya entraba en bucle. Una chavala se empeñó en escuchar algo que bajo mi criterio era imposible de pinchar en ese momento. Por más que se lo explicaba, ella solo repetía que yo iba a cobrar esa noche gracias a las copas que se estaba tomando y por tanto debía complacerla. Así que se me ocurrió zanjar aquel mal rato entregándole a la chica un euro, que era lo que ella aportó esa noche a mi sueldo. ¿Y sabéis lo que ocurrió? Pues nada de mal rollo. Sonrió, me dio un beso y se quedó allí toda la noche bailando.

 

¿ESPERABAS A QUE SONARA EL LENTO?

Me quedo con otro recuerdo mucho más simpático -y también añejo- sobre la comunicación entre clientes y pinchadiscos. A finales de los 80 aún se ponía lento en las discotecas. Lo hacíamos en las horas centrales de la fiesta con quince o veinte minutos de canciones románticas. Momento perfecto para ligar, y por tanto el más esperado por los hombres, principalmente. Por eso, cuando llegaban aproximadamente las 3 de la madrugada, algunos chicos pasaban a mirarme fijamente moviendo los brazos como en un pasodoble a cámara lenta y haciendo a continuación un repetitivo gesto de señalar el reloj. Mensaje recibido, amigos. Significaba “¿Queda mucho para el lento?”.

 

¿PEDÍAS LAS CANCIONES POR SU TÍTULO?

Saber qué música te están pidiendo puede ser una aventura, y por eso hay que estar preparado para quedar siempre como un profesional. Antes de que se pudieran consultar en Internet no todo el mundo conocía los títulos, especialmente los de los éxitos internacionales. Había que currárselo mucho para identificar las canciones con cualquier pista que te proporcionaran. En general la gente recurría al tarareo, y para pedir ‘The final countdown’ de Europe te decían “Pínchate el ninoniiiinooooo”. Hasta ahí fácil. Algo más complicado era el método ‘el inglés a mi manera’, por el que “El Danone” era ‘Get down on it’ de Kool and The Gang, “Guó pi ró” el ‘Pump up the jam’ de Technotronic (también lo llamaban “A-gua”) o “Leche Pascual” era como se conocía el tema ‘How gee’ de Black Machine (en su estribillo se repetía la expresión “matching my style”, que sonaba más o menos igual que la marca de lácteos). Esa especie de juego me resultaba bastante divertido, pero para superarlo era imprescindible tener memorizado hasta el más mínimo detalle de las canciones del momento.

 

¿TUS CINTAS ERAN DE 60 Ó 90?

Pedir canciones en la radio o en la discoteca tenía su tarea, por eso había que disfrutar el momento en el que por fin te la ponían. En la discoteca, el tema sonaba y ya está. Si te lo perdías, porque habías salido a la calle o te sorprendía en el baño, no te quedaba otra que esperar a la siguiente noche de marcha. Pero a las canciones de la radio se les podía sacar más provecho gracias a un elemento que ha sido parte de nuestras vidas. Me refiero a las cintas de cassette.

Antes de trabajar como locutor  yo también grababa música de la radio. Reconozco que soy uno de los muchos que alguna vez se han enfadado al no poder pillar una canción entera. Los jóvenes de los 80 ya teníamos asumido que al pulsar REC y PLAY se colarían en el momento más inesperado las voces de los locutores. Recuerdo una de mis cintas, donde estaba grabada ‘La isla bonita’ de Madonna. Al principio de la canción siempre aparecía un señor diciéndome que en Motril hacía mucho sol y el termómetro marcaba 30 grados de temperatura. Así lo escuchaba yo en julio, octubre y hasta en pleno mes de enero. Ahora, como locutor, ha llegado el momento de que os pida perdón por haberme metido tantas veces en vuestras cintas. Lo siento mucho.

 

¿ECHAS DE MENOS AQUELLA ÉPOCA?

En todos estos años han cambiado mucho los estudios de radio y las cabinas de las discotecas. Los tocadiscos se sustituyeron durante los 90 por aparatos de compact disc, cuyo lugar ocupan ahora las pantallas de ordenador. Esa esquina de la mesa reservada para el cepillo limpiador de discos y el líquido antiestático es hoy la del ratón y el teclado. Aquellos grandes armarios donde guardábamos los vinilos se fueron llenando posteriormente con CDs, y actualmente casi que ni los miramos. Tan solo la empresa de limpieza les pasa de vez en cuando el plumero. Ya no veo los discos dar vueltas mientras trabajo, pero en radios y discotecas no paramos de poner canciones, una tras otra. Locutores y DJs continuamos siendo tus principales proveedores de música, a pesar de que la tecnología permita que ahora mismo, en menos de un minuto, puedas disfrutar tu tema preferido en el ordenador o el móvil.

Pero también hay cosas que se mantienen. Quiero dedicar este artículo a quienes todavía llaman a la radio o se acercan a la cabina del DJ y siguen haciendo la misma pregunta: “Oye… ¿me pones un disco?”.